...Entraron. A los veinticuatro años, Gutiérrez todavía era virgen. Al llegar a la pubertad se había masturbado como todo el mundo, pero en el internado, donde había estado hasta los dieciocho años, no había demasiadas ocasiones ni estímulos para hacerlo, a diferencia de sus condiscípulos que, a pesar de la vigilancia de la dirección, no se privaban, solos o en grupo, en los dormitorios y en los baños. Cuando entró en la facultad, tenía que trabajar para pagarse los estudios (incluso estuvo dos años sin rendir una sola materia porque los distintos trabajos temporarios que conseguía no le dejaban tiempo para estudiar) y como en los períodos de excitación sexual había intentado dos o tres veces sin resultado acostarse con prostitutas, había dejado de hacerlo. El año anterior, César Rey, que ignoraba su virginidad, lo había llevado a un prostíbulo, y él se había encerrado un buen rato con una chica, pero no había pasado nada. La chica había hecho su trabajo con toda seriedad durante casi una hora, diciéndole a cada rato, No se te para, papito. Por más que chupo y refriego no se te para, y al final se habían dado por vencidos y se habían quedado charlando hasta que Rey vino a buscarlo. Pero Gutiérrez sabía que no era impotente; simplemente, las prostitutas no lo excitaban. Varias veces había estado con alguna amiga, bailando o acariciándola contra un árbol, en la penumbra discreta de algún parque o en un zaguán oscuro, y había tenido su erección y su orgasmo, pero todavía era la época en que las chicas en general no se acostaban con sus amigos y sus novios, y sabían que permitiéndoles frotarse contra ellas o ponerles la mano en el corpiño e incluso ayudándolos a masturbarse, dejándolos acabar de tanto en tanto contra sus muslos o, con menos riesgos de cualquier tipo, en la mano, los tranquilizarían por un tiempo ayudándolos a esperar hasta la noche de bodas. Era virgen no porque quisiese mantenerse puro o por impotencia, sino porque nunca había entrado en una mujer. Y como después de algunos meses no había tenido la oportunidad de salir con ninguna, pensaba de sí mismo con cierta resignación que la vitalidad que se encarna en el sexo y que permite afirmarse a la vez en lo que él llamaba en esa época la normalidad y en el mundo, no le había sido otorgada.
Era lo contrario lo que sucedía: esa vitalidad, como la llamaba, esa fuerza mítica a la que aspira la juventud, no solamente existía en él, sino que había estado esperando, con paciencia exigente, la ocasión de manifestarse. Esa noche, con Leonor, había tenido cinco orgasmos: los dos primeros sin sacarla, piensa cada vez que se acuerda, pero no con orgullo viril ni autosatisfacción, sino con gratitud hacia algo que ignoraba poseer, algo que, a diferencia de lo que le ocurre a tantos otros, únicamente gracias a un sentimiento particular se manifestaba (más tarde, cuando el sentimiento que había experimentado en esos meses ya no volviera a existir para él, sabría que también la simpatía, la admiración, la camaradería e incluso el respeto —jamás la compasión— combinados con cierta clase de belleza física, le permitirían cobrar de tanto en tanto sus cuotas atrasadas de sexo).
La disponibilidad de los cuerpos desnudos le producía al mismo tiempo una emoción eufórica y una especie de incredulidad —le parecía inconcebible que esos dos animales salvajes que exploraban extasiándose no sólo sin vergüenza sino más bien con desenfado, pericia y frenesí las partes más secretas de sus cuerpos, con labios, lenguas, dientes, manos, dedos y uñas, que mezclaban en la boca, deleitándose, sus secreciones, que exigían del otro el espasmo y el dolor placentero, que se comunicaban a través del suspiro, el balbuceo, el gemido, el grito, el insulto, fueran las mismas personas que un rato antes, en la serenidad de la sobremesa, evocaran sus proyectos, sus preferencias artísticas, sus pequeños placeres, sus vacaciones, su infancia y que, durante meses, apenas si se habían atrevido a mirarse, a rozarse las manos, limitándose a intercambiar, incluso cuando estaban solos, frases convencionales. Gutiérrez no hubiese podido imaginar nunca esa doble revelación que lo que estaba pasando le producía: el olvido de sí mismo y, contradictoria, la conciencia súbita de ser alguien distinto del que creía. Hasta este mismo momento en que contempla la ampliación de su cara, a pesar de tantas liviandades y decepciones, acepta reconocer esa deuda con Leonor. Para Gutiérrez, por imperfecta que sea, la persona capaz de suscitar en él esa exaltación desbordante, que transfigura al mismo tiempo al que la siente y el mundo en el que vive, participa necesariamente de esa grandeza. Sin embargo, su devoción duradera se dirigía menos a la persona que a la capacidad, ignorada tal vez por ella misma o quizás interpretada en forma errónea, de la que, a causa de un diseño intrincado en el tejido del acontecer, sin saberlo, era portadora.
Desde medianoche hasta la mañana copulaban, se entredormían, se despertaban a medias y volvían a empezar, frotándose uno al otro con violencia y dulzura. Lo que ocurrió esa noche le dio tema de meditación para el resto de su vida, enseñándole que el filtro de amor es el deseo mismo el que lo segrega, y el paréntesis de furor en el que sumerge a sus víctimas, que son también sus elegidos, es la ilusión de que, en el encastramiento húmedo de los cuerpos, la soledad de las sensaciones, que no hace más que acrecentarse durante el acto, es momentáneamente abolida. Y era gracias a esa ilusión que también el universo había sido transfigurado: al llegar, y prender la luz de la habitación, que era modesta pero que estaba limpia y ordenada, comprobaron que en la cama de dos plazas, como en ciertas casas de familia, había una muñeca apoyada en la almohada y, a un costado de la cama, contra la pared, una bicicleta. Antes de desnudarse, Leonor había sacado la muñeca de la cama y la había puesto con cuidado sobre una silla. Durante toda la noche, cada vez que sus ojos encontraban la muñeca, Gutiérrez tenía la impresión de que ésta le devolvía la mirada, y le parecía que con esa mirada fija y vívida a la vez, expresaba una extraña complicidad con lo que estaba sucediendo. Por su parte, la bicicleta le había otorgado lo que él llamaba, ironizando sobre sí mismo, como acostumbraba hacerlo, su migaja de eternidad. En las décadas que siguieron, de tanto en tanto, al realizar un acto sexual satisfactorio, tenía la impresión, en los minutos que seguían al orgasmo, de estar todavía en el cuarto con la bicicleta, y una especie de continuidad o, mejor, de unidad, parecía sintetizar su vida, reuniendo en una sola las experiencias inconexas, a la vez incontables y fragmentarias y en su mayor parte ya olvidadas, que había ido viviendo. Una certidumbre sensorial de permanencia, de inmovilidad al margen del deshacerse incesante de las cosas, de presente indestructible y único, lo reconciliaba, benévola, con el mundo.
La desnudez, la fatiga, pero también la noche de verano, el silencio que se instalaba mientras el deseo que, aunque se muestra con intermitencia, es por definición infinito y, como el tiempo, cuya esencia podría, en cierto sentido, compartir, trabaja sin que lo se pan aquellos a los cuales transforma, los fueron llevando al alba, a la mañana, al domingo caliente y desierto. Antes del amanecer, en la negrura sin aire de la madrugada, un chingolo cantaba entre los árboles del jardín, y con la primera claridad, llegaron los jilgueros, los gorriones, a saludar, con un bullicio excitado, la salida del sol, el nuevo día, piensa ahora Gutiérrez, tan espléndido como inútil. Y vuelve a verse desnudo en la cama, con Leonor desnuda, dormida, a su lado, sobre la sábana blanca toda retorcida y empapada de sudor, y oye todavía, treinta y tantos años más tarde, la agitación ruidosa de los pájaros que, habiéndose ya olvidado de que el día anterior el mismo fuego incomprensible había ido subiendo desde el este, el día anterior y el anterior al anterior, hasta agotar los días abolidos en un pasado intangible, anterior a la existencia misma de la memoria, creen que el esplendor que revela el mundo y disuelve las tinieblas, les está destinado y está ocurriendo por primera vez, igual que quien ha sido captado en el aura mágica del deseo piensa que, por primera vez desde el comienzo del mundo, su sentido, a través del tacto tosco y de la carne rudimentaria, ha sido por fin revelado...
---
...La ebriedad, objetivo principal del consumo de vino, no debe ser mencionada, aunque es por definición la razón de ser misma del vino; y la ebriedad empieza ya con la primera copa, de modo que sólo los hipócritas pretenden que hay que tomar con moderación. Entre el estado que procura el primer sorbo de vino y la inconsciencia final de la borrachera, no hay más que una diferencia de grado. Desde la primera copa, el otro, o lo otro —la otredad— que buscamos, aflora desde dentro en el único sitio en el que razonablemente puede encontrarse, es decir en nosotros mismos. El vino modifica, a la vez, al bebedor y al mundo. La nitidez sensorial provoca, provisoria, el olvido del abismo, permitiendo que se instale, casi enseguida, la alegría, la agudeza, la fuerza; importa poco que más tarde, con la segunda o tercera botella, la intranquilidad, la angustia, la confusión, el furor, vuelvan a tomar posesión del cuerpo y de la mente: la ebriedad otorga el don tan difícil de obtener, de ser al fin uno mismo. Sobrios, estamos como expulsados de nuestra vida interior; la ebriedad nos la restituye.
Es la única función del vino; y el alcohol es sagrado en todas las civilizaciones, salvo en la nuestra, donde, como todo el resto, se transformó en mercancía. Debe ser un rasgo del cristianismo, porque en Las mil y una noches, los comerciantes en vino son siempre cristianos. En vez de pretender desterrar la ebriedad del consumo del vino, habrá que admitir que en realidad existe la ebriedad sin vino, y que buscarla a través del vino constituye una búsqueda del propio ser, lo que la sobriedad por lo general oblitera. Lo más probable es que para no encontrarse con uno mismo se practique, en forma programática, la sobriedad. La ebriedad natural, sin coadyuvantes tóxicos, como el vino y otras drogas, también está mal vista. La locura, por ejemplo, puede ser considerada una especie de ebriedad causada por una combinación de agentes internos y exteriores. La mística es otra: por eso, los místicos, borrachos de la divinidad, son mal vistos en todas las religiones. Pero hay una ebriedad pasajera, no tóxica, que asalta al sujeto de un modo súbito, haciéndolo cambiar de estado y verse durante unos instantes y ver, a la vez, al mundo diferente, extraño, en un estado transitorio durante el cual lo banal se enaltece, lo familiar se vuelve remoto, y, lo desconocido, familiar. Esta ebriedad inmotivada, que puede causar exaltación o pánico, pone en contacto con la otredad tan buscada a través del vino, y por lo tanto es tan sospechosa como la otra, que el vino procura. La búsqueda deliberada de esa otredad de lo mismo que hay en uno y en el mundo, puede ser considerada como el ejercicio de una metafísica práctica. Y la toma de contacto con esa otredad, exaltante o dolorosa, poco importa, como una experiencia mística pasajera. Nula saca la libreta de notas del bolsillo, depositándola sobre la mesa de trabajo y con una birome negra que retira de un cacharro, después de trazar una línea, un redondelito y otra línea sobre el renglón vacío para separar la nueva nota, de la anterior, medita durante unos segundos y escribe: Concebir un dualismo materialista a partir de percepciones múltiples y contradictorias, en un solo individuo o en muchos: la otredad de lo mismo, como el anverso y el reverso de una lámina delgada, que si uno la da vuelta, reverso y anverso cambian de lugar, ocupando el del otro. Lo mismo transformándose, incesante, en lo otro...
Nota: gracias a Eric (www.infernodot.blogspot.com) por pasarme el archivo para este post.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada